El asedio a Sheinbaum
Por: Jorge Javier GarcíaCiudad Capital
Hay un error analítico que domina las conversaciones políticas actuales: asumir que Andrés Manuel López Obrador se comportará como un expresidente convencional. Que respetará las normas no escritas. Que dejará gobernar a Claudia Sheinbaum.
Quien asume esto simplemente no ha prestado atención a los últimos veinte años.
La noticia de que AMLO prepara una gira para presentar su libro no es una anécdota cultural. Es el inicio de una operación política destinada a mantener control sobre su sucesora. Y Claudia Sheinbaum, la presidenta legítimamente electa de México, merece el apoyo ciudadano e institucional para defender su autonomía y ejercer el poder que el pueblo le otorgó.
De acuerdo con Ciro Gómez Leyva, personeros de la 4T hacen correr la versión de que el recorrido comenzaría en enero, justo después de que el libro sea presentado en la FIL de Guadalajara, la cual termina el 7 de diciembre. No estamos hablando de un expresidente que escribió sus memorias en el retiro y ahora sale discretamente a presentarlas.
Estamos hablando de un líder con historial consistente de no aceptar límites institucionales. Un político que en 2006 se autoproclamó “presidente legítimo”, bloqueó la capital durante meses y rechazó resultados electorales dos veces. Alguien que durante su sexenio demostró disposición sistemática a debilitar instituciones autónomas.
Como señala Gómez Leyva, es poco probable que veamos a AMLO presentando su libro en espacios tradicionales. Lo más probable es que las presentaciones se efectúen en “grandes plazas”, con “grandes muestras de apoyo del pueblo”, y en compañía de morenistas que para marzo o abril podrían ser designados “coordinadores de defensa de la 4T”, es decir, candidatos a gubernaturas.
No serían simples presentaciones de libro. Serían mítines políticos donde un expresidente intentaría demostrar que él, no la presidenta en funciones, sigue controlando el movimiento. Y si la gira se prolonga, podría coincidir con el inicio del proceso electoral en algunos estados.
La gira llega en el peor momento para Sheinbaum. Las contradicciones entre el discurso histórico de la 4T y la realidad se han vuelto imposibles de ignorar: acusaciones de huachicoleo en el círculo familiar del expresidente, señalamientos de corrupción contra figuras clave como Adán Augusto López y sus presuntos vínculos con grupos criminales, revelaciones de viajes lujosos que destrozan la narrativa de austeridad.
Todo el discurso anticorrupción que sostuvo durante seis años en el poder, se está desmoronando. Sheinbaum heredó no sólo un gobierno, también un escándalo en desarrollo que no creó pero que debe gestionar.
Hasta ahora, ha navegado con cautela comprensible. Ha actuado contra algunos eslabones intermedios de las redes de corrupción, pero sin llegar hasta los verdaderos responsables del círculo íntimo de AMLO. Esta no es cobardía: es estrategia de supervivencia política donde cualquier movimiento puede desencadenar una crisis existencial.
Pero la gira de AMLO cambia radicalmente esta ecuación.
Si AMLO sale a recorrer el país posicionando a “sus” candidatos, designando a dedo a los “coordinadores de defensa de la 4T”, cada evento será una humillación pública para la presidenta constitucional. Cada candidato ungido por el expresidente, en lugar de por procesos institucionales, será una demostración de que Sheinbaum no controla su propio partido.
Y en ese contexto, la presión para que demuestre autonomía real se volverá insoportable. ¿Hasta cuándo puede una Presidenta de la República tolerar que un expresidente ejerza poder efectivo sobre candidaturas y sobre el partido que supuestamente ella lidera?
Ahí se cierra la trampa: si finalmente decide ejercer su autoridad constitucional e investigar seriamente a las figuras clave del círculo de AMLO, será acusada de traición al movimiento, de persecución política. Los “duros” tendrían el pretexto para iniciar un proceso de desestabilización.
Si mantiene la estrategia actual, consolida la percepción de que es una presidenta sin autoridad real, rehén de su antecesor.
Este conflicto trasciende las personas. No se trata sólo del futuro político de Sheinbaum o de las luchas internas de Morena. Se trata de si México puede desarrollar una cultura democrática donde los líderes realmente dejan el poder, donde las instituciones son más importantes que las personas.
Claudia Sheinbaum fue electa presidenta de México con una votación histórica. Tiene mandato popular. Tiene legitimidad constitucional. Tiene derecho a ejercer el poder que el pueblo le otorgó sin la tutela constante de su antecesor.
Defenderla no significa estar de acuerdo con todas sus decisiones. Significa defender el principio democrático fundamental de que quien gana elecciones gobierna.
Si permitimos que AMLO establezca un precedente donde los expresidentes mantienen control efectivo sobre sus sucesores, mediante amenazas implícitas o explícitas, destruimos cualquier posibilidad de alternancia real en México.
No se trata de apoyarla incondicionalmente en cada decisión política. Se trata de defender su derecho constitucional a gobernar sin tutela.
Sheinbaum enfrenta un dilema que ningún presidente mexicano había enfrentado en la era democrática: un expresidente popular, con capacidad de movilización, con control de facto del partido, y con disposición demostrada a romper normas institucionales cuando le conviene.
Ha intentado gobernar con cautela, evitando la confrontación directa que podría desencadenar una crisis. Pero la gira de AMLO forzará definiciones. Ya no podrá mantener el equilibrio precario. Tendrá que elegir entre subordinación permanente o ejercicio real del poder que constitucionalmente le corresponde.
Cuando tome esa decisión, cuando finalmente diga “hasta aquí”, necesitará apoyo.
Apoyo de instituciones que defiendan su autoridad constitucional. Apoyo de medios que visibilicen el intento de mantenerla bajo tutela.
Los próximos meses serán definitorios. Cada evento de la gira será una prueba. Cada controversia sobre corrupción heredada, una trampa. Cada candidato ungido por el expresidente, una demostración de poder paralelo.
Sheinbaum tendrá que decidir: ¿continúa gobernando bajo la sombra permanente de AMLO? ¿O finalmente ejerce la autoridad que el pueblo le otorgó y gobierna como presidenta constitucional de México?
Cuando tome esa decisión, todos tendremos que elegir también. ¿Defendemos el principio de que quien gana elecciones gobierna? ¿O aceptamos que México retroceda a un sistema donde el poder real nunca se transfiere?
La gira de AMLO no es un evento cultural. Es un desafío directo a la institucionalidad democrática de México. Y Claudia Sheinbaum es, en este momento, quien representa y debe defender esa institucionalidad frente al intento de su antecesor de mantener control permanente sobre el poder.
Merece nuestro apoyo. No por ella como persona, sino por el principio democrático que representa: que en México, a quien el pueblo elige para gobernar, realmente gobierne.
La alternativa es aceptar que vivimos en una democracia simulada donde el poder real nunca se transfiere, solo se presta temporalmente mientras el líder fundacional lo permita.
Yo, por lo menos, no estoy dispuesto a aceptar eso. ¿Y ustedes?
